Noches sin trapos – Recuerdos de Oktubre

A 20 años de Oktubre.

Revista La Mano #28, julio de 2006. «20 años de Oktubre». Por Fernando García

Extrañamente, los objetos físicos que remoten a Oktubre se han evaporado en silencio, como esos mostachos de yodo que seca el mar de ida y de vuelta. Empezando por, oh! el disco. Mi Oktubre está, sigue estando, entre los discos de vinilo de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota de mi discografía (los Otros son Gulp! y Un baión para el ojo idiota, después entra el CD) pero qué raro es, guarda otro disco adentro y lo peor es que no alcanzo a saber por qué ni desde cuándo.

Mi Oktubre ha dejado de ser el segundo disco de los Redonditos para transformase en Automatic de Jesus & Mary Chain. Es una transformación casual que podría acaso discoanalizar como se atan cabos en cuarenta minutos de terapia acerca de suenos, fallidos y frases dichas como sí, (pero no) automáticamente.

Es una simultánea transferencia de sensaciones. Cuando meses atrás quise escuchar Oktubre (no es allgo usual: no escucho mucho esos discos en casa. ¿Escuchar los Redondos en casa? Simplemente no sucede. Prefiero que me asalten los temas en random, en el bondi o en el banco o en la verdulería) volvió, tras ese filoso disco dum dum bubbkegumetarocker, síntesis labial de beat y noise que todos envidiábamos en las salas de ensayo pospunk de Buenos Aires, toda la espesura negra de la noche -o las noches porque fueron dos- en la que se hizo una cola de una cuadra en el Bajo de Retiro para ver, en la discoteca de Paladium, la presentación del segundo disco de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

Es extraño que una música concebida en Glasgow bajo ciertos parámetros minimalistas y con una distopia (La naranja mecánica) como espejismo pueda devolver las formas de otra, consumada de la transformación de un grupo criollo hippie-dadá en una maquinaria que acertaba el paso del pub cálido de ladrillos a la vista al frío cínico de la disco, con una utopía (el socialismo) como fetiche o acaso memoria setentista corrosiva (no el setentismo naive de los años 90 y 00) y dolida como, también, espejismo.

A mí, el vacío, el dum dum y el noise sexy leather jacket de The Jesus & Mary Chain envasado en ese neocarpanismo de la tapa de Oktubre me trajo directamente todo el frío que había esa noche en Paladium. Noche de narices altivas y frías. Noches sin «trapos». Noche a diez mil kilómetros redondos de toda parafernalia de amor incondicional que vendría poco tiempo después, a la vuelta de la esquina.

Los Redondos no eran entonces la banda de ninguna calle ni el monstruo ingobernable del suburbio que conocimos. Eran, esa noche, unos tipos que habían, como sucede con los GRANDES, saltado al vacío de un disco a otro. Y eso había que verlo. Los Redondos de Gulp! eran queribles, pero viejísimos frente a los de Oktubre, cuyas canciones se sucedían en secuencias antológicas que secuestraban el modernismo del rock argentino de los años ochenta para devolver una versión distante y cifrada de la década.

Al decir, con ese timbre perfecto, el límite del placer y el dolor, tan exactamente penetrante, «una vez le hice el amor a un Drácula con tacones/ era un pop violento que hirió el gran estilo siniestro», en el escenario, con esa formalidad sport de Ángelo Paolo que desmentía o confundía el mito dado de Patricio Rey, el Indio traía visiones desde el futuro que, desgranadas en Paladium, cobraban el exacto peso específico del drama.

Por supuesto que esto lo estoy pensando ahora, y que entonces todo pasaba por entender cuánto de «pincheto» había en Motor Psico (guarda, podría haberse llamado así Automatic, tranquilamente) y hasta dónde lo de Oktubre daba con el rojo sangre de la hemoglobina. Entonces era la ansiedad de ver cómo se sentía escuchar ese disco que, sin avances previos, había acertado violentamente en mi centro nervioso. Cómo sería el momento d ever al cantante repartir y cortar como un tahur las palabras: «cejas, austeras, soviéticas».

Si me propuse reconstruir todo desde la memoria -no pedir el disco ni comprarlo en CD ni mucho menos punchar mp3 para escribir- debo decir que el recuerdo (lo veo como se ve alguien detrás de un globo gigante, como si contemplara las acciones del mundo frente a un inmenso globo del chicle jirafa de Dios) es el de un escenario altísimo, un altar vacío donde los movimientos dolidos de Solari se correspondían con la caída de los golpes de Claudio Cornelio (uno de los guests de la noche) sobre los pads de la batería electrónica. Tack. Tack. Tack.

Ese es mi mayor recuerdo, acaso porque eso pasaba en Motor Psico, canción que ejercía en mí un poderoso efecto narcótico. Y luego, tanto sobretodo largo desparramado y la insólita aparición de Luca Prodan (bueno sí, Luca era un ser vivo que podías encontrarte claro, si ibas a ver a Sumo) que levantándose los anteojos de sol (de noche) hacía muecas y jugaba trucos de air guitar en uno de los solos de morfina de Skay.

Es cierto que lo pienso y escribo así, pero lo proceso a partir de una sensación relativamente nueva que entonces no teníamos a mano. Lo veo todo como en esos archivos quicktime de treinta segundos en los que se guardan las filmaciones de las camaritas digitales de hoy, Las personas y las cosas como arenosas, esmeriladas (gracias Saer) en la más pérfida opacidad.

Pero uno se sabía habitando tierra de la historia porque esos temas estaban sonando y con ellos se movían fuerzas clandestinas, subterráneas, paranoicas e inasibles. Qué era eso de «de regreso a Oktubre» sino una última mirada al espejo retrovisor del siglo cargado acaso, quien sabe, de una furibunda resignación.

A mí me gusta que mis hermanos mayores me cuenten cómo era ver a Pescado, a Pappo’s Blues o a Manal, yo cuento esto porque no hay dos veces para escuchar Preso en mi ciudad así como se escuchó en Paladium en 1986.

Entonces quedaba el flyer, el afiche original de los shows de Oktubre que eran como una segunda versión de los Carpani-zombies de Rocambole con la hora, el lugar, el día de la cita. Quedaba ese papel que fue directamente pegado a una ventana con boligoma y estuvo ahí, creía yo que hasta ahora. Pero dejó de estar, no sé cuando, mientras sobrevivieron calcomanías de Llegando los monos (¿venía en el disco?) y Las Pelotas (venía en el disco).

Entonces, nada, una bruma sugerida, painted from memory.

Otros artículos de esta edición especial de la Revista LA MANO:

De 2006 a 1986. De regreso a Oktubre
Andrés Teocharidis y el final de una época
Por sobre todo: el fenómeno, por Roberto Petinatto
Skay analiza Oktubre: «Es un disco honor a todas las revoluciones»
Atrapado en libertad, por Alfredo Rosso
«De murciélagos y máquinas del tiempo», por Martín Pérez
Por la defensa del estado de ánimo, por Gloria Guerrero
«No tengo palabras para agradecerles», por Marcelo Figueras


2 respuestas a “Noches sin trapos – Recuerdos de Oktubre

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s