Atrapado en libertad, por Alfredo Rosso

Hay discos catárquicos que no son fáciles de escuchar. Sus melodías se pueden cantar, silbar, tararear y aun así son portadores de una sonda conflictiva que resuena con la impronta del tiempo en el que fueron concebidos.

Revista La Mano #28, julio de 2006. «20 años de Oktubre». 

Oktubre fue el producto de una nueva década infame, la que contenía el fatídico año Orwelliano en el que -supuestamente- el régimen totalitario del Gran Hermano nos iba a sojuzgar mediante la represión, la tortura y la sistemática destrucción de cualquier tipo de disenso. Pasó 1984 y nos congratulamos de que la raza humana no hubiera llegado a esos extremos de intolerancia. Pero -como solía decir el profesor Neil Postman- nos olvidamos de otro escritor que también vaticinó el futuro en la primera mitad del siglo veinte y cuyas predicciones quizás reflejen mejor nuestra globalizada realidad actual que las de Orwell: una realidad que empezó a forjarse precisamente, en los ochentas. Aldous Huxley, en Un mundo feliz, predijo una sociedad en la que no se nos iba a dominar por el dolor, sino por el placer. Un mundo donde a nadie le iba a preocupar lo que dijesen los libros porque nadie se iba a molestar en leerlos. Un mundo donde todo discurso serio sería transformado por los medios de información en un desfile de la superficialidad e irrelevancia. Un mundo, en definitiva, donde nuestros viejos conceptos sobre el bien y el mal, sobre ética y escrúpulos, sobre trascendencia y temporalidad, quedarían sepultados por la creencia de que todo «es igual/siempre igual/ siempre lo mismo», como despotricaba el Indio Solari en el Blues de la Libertad, canción que Los Redondos solían tener muy vigente en su repertorio en los días de Oktubre, aunque el tema no integre dicho álbum. En Un mundo feliz, el remedio para cualquier ataque de ansiedad es el soma, una droga de amplio espectro que le pone paños fríos a esos momentos en que aún el más imbécil de los devoradores de slogans oficiales se pregunta: «¿a dónde conduce todo esto?».

Fuegos de Oktubre abría el álbum proponiendo, justamente, un regreso a las gestas transformadoras que se dieron en el décimo mes del calendario gregoriano, pero se apuraba en aclarar: «sin un estandarte de mi parte». No está planteando una toma del Palacio de Invierno como la de 1917, ni un copamiento de la Plaza de Mayo, como la del ’45, sino más bien una revolución interna, un sacudón a las ideas y una puerta abierta a las propuestas. Como si fueran sujetalibros ubicados a ambos extremos de una peculiar biblioteca sonora, Fuegos de Oktubre y Ya nadie va a escuchar tu remera esbozan, en esencia, una misma idea: no bajar los brazos. Al poeta no lo engañan las promesas del bronce ni de la posteridad; sabe que todo es efímero; nuestro tiempo sobre la tierra, las luces hipnóticas y los gritos de la fama. Con todo, en un país donde el horror por las desapariciones y los chupaderos del Proceso estaban todavía espantosamente frescos, la letra del tema nos suplica que no dejemos consumar el ultimísimo secuestro: el de nuestro estado de ánimo.

TERRITORIO DE AGUAS CÍNICAS

Los ochenta no fueron tiempos de utopías altruistas ni fantasías de cambio social; más bien épocas de buscar úteros substitutos. Los cultos favoritos del decenio pasaban por una adhesión a las drogas eufóricas -cuyo símbolo máximo fue la cocaína- y también por su otro extremo: un cuidado exacerbado del propio cuerpo, aunque no faltaron quienes cultivaron ambas obsesiones al mismo tiempo. Por primera vez, tópicos como los gimnasios y los alimentos dietéticos se vuelven temas de conversación habitual. El despliegue físico que decanta en fetiche sexual recorre Música para pastillas, un relato de pasiones cocinadas entre los últimos estertores de la Guerra Fría; gestas olímpicas donde «flacas gimnastas de América» compiten con «secas austeras soviéticas». Uno se imagina al protagonista del tema acariciando fantasías con esas calistenias adolescentes traídas hasta su dormitorio por la pantalla chica. Encerrado ante la Divina TV Führer. ¿Y para qué salir? Estábamos en democracia, de acuerdo, pero asomaban los nubarrones del Punto Final y la Obediencia Debida, el domingo de Felices Pascuas, el colapso del Plan Austral y la hiperinflación. Los buenos habían vuelto, sí, pero estaban filmando cine de terror. ¿Por qué sorprendernos entonces, de que nuestros amores de entonces fuesen vampíricos encuentros masoquistas como el que describe Preso en mi ciudad?

Los contrastes con el pasado que expone Oktubre son más amplios todavía. Si un lema de los pioneros de rock nacional había sido dejar las ciudades en busca del clima descontracturado del campo (recordar Casa con diez pinos, Tomar el tren hacia el sur, Que sea al sol, etc), el hábitat natural de los ochenta está delimitado por las cuatro paredes del cuarto propio y los umbríos pasillos interiores de la corteza cerebral. Oktubre lo delata en la metáfora del amor químico y genuflexo de Semen Up, en el remolino de juego de azar y fé religiosa de bajo amperaje de Motor Psico y en la desesperada estampida paranoica de Jijiji, que tiene la apariencia de una película filmada con el argumento de privadas pesadillas.

Es curioso el título de Canción para naufragios, porque la referencia inevitable es aquella balsa de Nebbia y Tanguito que quería partir hacia la sanadora locura de una sociedad alternativa, dejar atrás los espectros del país de bronce y sus fundamentalistas verde oliva. El naufragio del tema de Oktubre, en cambio, se me antoja más literal: un mundo en guerra terminal y un testigo impotente que ve pasar las bombas en ambos sentidos por encima de su aldea, como aquel héroe anónimo de Sergei Tarkovsky en El Sacrificio quien -apelando al realismo mágico como último recurso- ofrece un voto de silencio perenne para salvar al mundo.

Pero si los ochenta fueron un territorio bañado por aguas cínicas; si intercambiaron la moneda corriente del desapego afectivo, también conocieron la intensidad de una fiesta hedonista y desesperada que alguna vez pareció interminable. Librados a un sistema de instintos reptílicos donde las opciones cotidianas parecían sencillas (el I wanna versus el I don’t wanna de los Ramones), nos entregamos a excesos y libaciones como si el mañana no existiera. La resaca recién llegaría al finalizar los noventa, cuando despertamos en un país con un puñado de ciudadanos de primera y una enorme clase única, igual a la de aquellos trenes que empezaron a desaparecer en la gran fosa común de la exclusión disfrazada de Primer Mundo.

A esa altura, los Redonditos habían dejado atrás su Oktubre. A su arte lo acometían otras urgencias -seguramente no buscadas- que iban más allá de la música: brindar asilo afectivo y un resabio de identidad a toda una nación paria, expulsada de su propia patria por una gavilla de ilusionistas que prometieron mariscos y sirvieron babosas. 

Otros artículos de esta edición especial de la Revista LA MANO:

De 2006 a 1986. De regreso a Oktubre
Andrés Teocharidis y el final de una época
Por sobre todo: el fenómeno, por Roberto Petinatto
Skay analiza Oktubre: «Es un disco honor a todas las revoluciones»
Noches sin trapos – Recuerdos de Oktubre, por Fernando García
«De murciélagos y máquinas del tiempo», por Martín Pérez
Por la defensa del estado de ánimo, por Gloria Guerrero
«No tengo palabras para agradecerles», por Marcelo Figueras


2 respuestas a “Atrapado en libertad, por Alfredo Rosso

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