La murga de los desangelados: el Indio y Skay bailan solos

Algunas de las críticas que recibió MOMO SAMPLER.

Por Gloria Guerrero para la Revista Rolling Stone. Diciembre de 2000

Dios es todo (no puede progresar)”, dice Patricio Rey. Pero Patricio, que no es Dios, progresa. Cualquiera hubiera esperado una cibermutación a partir de  Ultimo bondi. No hubo tal cosa. Equilibrado y parejo, indiscutiblemente rocker, tan negro como brillante, este viaje es asunto de Momo, el rey del Carnaval.

Aquí, por primera vez, con hidalguía y en ceremonia pública, Patricio Rey ha reconocido finalmente a su hijo único: Eduardo Carlos Solari Beilinson. Y al babysitter: Hernán Aramberri, programador, quién con el técnico Eduardo Herrera cosió los samplers que oficiaron de colchón- y de cama de púas- para la escalofriante voz del Indio y las soberbias guitarras y bajos de Skay.

¿Y Los Redondos, la banda? Rajó del cielo. Durante el año y medio que duró el proceso de Momo, Dawi, Semilla y Walter grabaron partes sueltas de sus instrumentos y luego esas partes fueron utilizadas en el disco. Hay alguna marcha a la Corazón Valiente, cuerdas de salón, vientos a motor, baterías como hachazos. A veces Solari canta como Brian Jonson, de AC/DC (Dr. Saturno); a veces una intro puede remitir a U2 o- tiemblen banderas- a Soda Stéreo (“La murga de la Virgencita”, que de por sí justifica la compra del álbum). Lo que hay aquí son canciones para grandes, canciones adultas, grandes canciones.

Y es un carnaval fiero: brincan tipos con gambas de polio; hay pastel de ponzoña salada y vinos gruesos, mal templados. Las chicas de Momo Sampler se muerden el labio, se empolvan la nariz y usan sus lenguas como un sable. Los tipos son, por lo general, moscones zumbones que quedaron atrapados en un vaso boca abajo.

Rock & roll oscuro, con esa “oscuridad de bodega sin luz”. Rock triste, esperanzado, hipotecado, cabrón, dejá vu de los buenos tiempos que no llegan nunca. Rock para esa murga desencantada, la murga sin la bendición.

Los cuadrados tienen cuatro puntas. Y cada punta es fácil de encontrar. Los redondos, en cambio, siguen buscando la vuelta.

El Momo Sampler está llamado a ser uno de los mejores discos del 2000. Lo avalan ellos mismos que cada vez hacen mejor las cosas.

Acá están, estos son, Los Redondos, y brillemos, y bailemos en este carnaval, en esta murga, con los moscones zumbones, con las chicas con remeras de Greenpeace, con las virgencitas, con los mortas, y en el templo de momo, y también con el Zumba, que se fue… bye bye.

calificación del disco: EXCELENTE

POR GLORIA GUERRERO- REVISTA ROLLING STONE


DECADENCIA DE LA VIDA URBANA

En su nuevo trabajo discográfico, Los Redonditos de Ricota cabalgan sobre una angustia de sobrevivientes. Y cuentan un cuento tan terrible como real.

Por MARIANO DEL MAZO-DIARIO CLARÍN

Momo Sampler es la mejor síntesis que podrían haber encontrado Los Redonditos para reflejar —en música y, sobre todo, en letras— el agobio, la pegajosa decadencia de la vida urbana. El Indio Solari y Skay, señores que orillan los 50, cabalgan sobre una angustia de sobrevivientes. Y, por más que la estética de comic —reforzada por las postales de Rocambole— trate de torcer la historia para el lado de la parodia y la representación, el cuento que aquí se cuenta es terrible. Y real.

Solari eligió la palabra murga como símbolo de una desesperación fantasmal. No tiene nada que ver con el ritmo; es una palabra-concepto, que en La murga de los renegados dice Entre sopores, modorras ciegas / y oscuridad de bodega sin luz / va esa murga desencantada / que lleva siglos así… No da más!; en Murga de la Virgencita pinta de un modo brutal el escarnio de una prostituta; en Murga purga vuelve al vino malicioso (sos un moscón zumbón / que quedó atrapado / en un vaso boca abajo. La murga del Indio Solari es un desfile heroico de seres quebrados, un baldazo temático que va desde el meter bala de Ruckauf (Sheriff) hasta el retrato de una chica de las bravas (Una piba con la remera de Greenpeace….

Cada vez más afilado en la metáfora, con sus palabras castizas, su lunfardo tanguero y sus neologismos encontrados en un pozo ciego cibernético, Solari se afirma como un intelectual beat de un rigor poético incomparable en el rock argentino.

Las músicas, en tanto, son una vuelta de tuerca a Ultimo bondi a Finisterre. Entre aquel disco y este, Beilinson-Solari aprendieron a dosificar el mix electrónico y rock crudo: las máquinas son la nueva estructura de la banda que, cada vez menos solapadamente, está integrada sólo por ellos dos. La guitarra sigue mandando, con esos característicos cruces alla U2. Pero debajo de los punteos-guillotina de Skay relucen sutilezas tímbricas, zonas de riesgo, texturas celtas, orientales, batuque de tambores. Todo encorsetado en la densidad ambiente: de hecho, el disco carece de probables hits tribuneros. Parecería que la banda intenta menguar la indomable masividad actual, puliendo cualquier posibilidad de estribillo facilongo.

A más de 20 años de traqueteo, Los Redonditos están más allá de todo, en el cabal sentido de la frase. Su mirada integra la del cuchillero de callejón y la del burgués lúcido, y le saca lustre a las puntiagudas aristas de una sociedad en descomposición. A través de una música que es la banda de sonido exacta de las letras, por suerte sólo se limitan a describir. Si algo le falta al disco es mensaje moral.


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