Crónica de una violencia anunciada

Acerca del show de Patricio Rey en River.

La Nación, 18 de abril de 2000

Lo que se pide no es demasiado: que un recital de música sea sólo eso, un recital de música. Que de ninguna manera sea tomado como excusa o como oportunidad para que unas personas ataquen brutalmente a otras con armas blancas, que nadie siembre el pánico a su alrededor arrojando piedras, botellas o baldosas, que un barrio entero de la ciudad no se vea obligado a convivir con el miedo.

Lo que se pide no es demasiado: que las autoridades garanticen plenamente y con la máxima energía el orden público, adoptando las medidas de prevención y vigilancia necesarias para que no haya que lamentar luego que una persona sea asesinada salvajemente o que alguien resulte herido por obra de un puñado de fanáticos desinhibidos.

Lo que se pide no es demasiado: que ningún habitante de la ciudad, en ninguna circunstancia, se vea despojado de sus derechos más elementales -por ejemplo, el de transitar libremente por las calles de su barrio- por la arbitraria determinación de un conjunto de inadaptados. Y eso es precisamente lo que aconteció en Núñez durante este fin de semana: numerosos vecinos debieron permanecer encerrados en sus casas debido a que se sabía de antemano que la zona aledaña al estadio de River iba a convertirse en escenario de salvajes batallas campales.

¿Cómo es posible que cada presentación de los Redonditos de Ricota vaya acompañada de un macabro cortejo de atrocidades y agresiones? ¿Qué razones ocultas o visibles se confabulan para que cada presentación del grupo, en el interior o en la Capital Federal, se convierta en una absurda y aterradora sucesión de hechos de sangre? ¿Cómo se explica esta violencia anunciada, prevista, incluida casi como parte del programa que se tiene previsto desarrollar?

Lo que se pide no es demasiado: que los organizadores de un espectáculo se hagan cargo de la violencia que genera, aun cuando no se sientan directamente responsables de ella. Si se lo hemos pedido reiteradamente a los dirigentes del deporte, si hemos llegado a respaldar la idea de que se prohíban por orden judicial los partidos de fútbol en nombre de la necesidad de preservar vidas humanas y de evitar que alguien salga malherido o quede discapacitado para siempre, ¿por qué no hemos de reclamárselo con la mayor firmeza a los empresarios de un recital de música que sistemáticamente desencadena terroríficos enfrentamientos?

Se aduce, con razón, que las producciones musicales de los Redonditos no contienen elementos provocativos que puedan incitar a la violencia y que, por lo tanto, no hay motivo para establecer una conexión de causa y efecto entre la oferta artística de la banda y las eventuales reacciones de un puñado de espectadores movidos por instintos patológicos. Pero es obvio que ningún empresario puede desentenderse de la responsabilidad que le cabe por los hechos vandálicos desencadenados por los espectadores que concurren a un estadio respondiendo a su convocatoria, sobre todo cuando esos episodios se reiteran con impresionante asiduidad.

Se ha dicho muchas veces que en la sociedad argentina hay un trasfondo de violencia que busca cualquier pretexto para emerger. El pretexto -se asegura- puede darlo un partido de fútbol o la actuación de una banda de música. La violencia -de acuerdo con este discutible razonamiento- está instalada previamente en el inconsciente colectivo; el fútbol o el recital de música son, en todo caso, la mecha que enciende la explosión y libera la violencia contenida en las entrañas sociales.

Pero, ¿no son peligrosas esas argumentaciones? Afirmar que la violencia está instalada en la sociedad puede llegar a ser una manera cómoda de alivianar de toda culpa a los violentos de uno y otro lado. ¿No estaba instalada la violencia, acaso, en la Argentina de la década del 70?¿Aligera eso de culpa a quienes en ese período sembraron el terror, asesinaron o hicieron desaparecer personas?

¿Sobre qué base podemos aseverar que la violencia está presente hoy en nuestra sociedad? ¿Qué parte de responsabilidad le cabe, por ejemplo, en ese supuesto cráter de violencia colectiva, a la inmensa legión de mujeres y hombres que trabajan pacíficamente durante la mayor parte del día, desempeñando a veces los más humildes oficios y sin ejercer ningún tipo de función directiva en la sociedad? ¿Con qué argumento podríamos involucrar a esas personas inocentes en una ola de violencia subterránea abstracta y generalizada?

¿No es más sensato, justo y razonable aceptar que en la Argentina, como en todo país, hay personas pacíficas y personas violentas, personas que respetan los derechos del prójimo y personas que se creen con derecho a disponer de la vida de los demás? ¿Por qué pergeñar discursos teóricos que condenen a unos a cargar con la culpa de los otros? ¿No es más honesto y justo individualizar y detener a los violentos de todos los orígenes con el fin de que asuman la responsabilidad penal que les corresponde?

Si las fuerzas de seguridad no están en condiciones de preservar el orden público y defender la vida y los derechos de los ciudadanos, concentraciones musicales como las que se efectuaron durante este fin de semana en el estadio de River no deben volver a realizarse. Un recital artístico, por atractivo que sea, no vale una sola vida.


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