Un ritual con destinos cruzados

Desde su lugar de gran banda de rock, los Redondos retratan musicalmente la marcha agónica de los renegados. En Córdoba, unos 40 mil fans participaron de la celebración. Uno de ellos murió accidentalmente.

Autor: Diario Página 12, 6 de agosto de 2001. Por Pablo Plotkin

Los Redonditos de Ricota habían tocado sólo una vez en la ciudad de Córdoba, en 1987, frente a 300 personas en la Asociación Española del barrio General Paz. Catorce años después, la criatura subterránea cobró dimensiones de coloso y el sábado vivió su noche más multitudinaria en un estadio del Interior. Cuarenta mil personas acudieron al Chateau Carreras para celebrar la presentación formal de Momo Sampler en Argentina, su primer concierto en el país en más de un año. Y mientras las canciones opresivas del último álbum parecen querer contar la descomposición de una realidad macabra, los viejos rocanroles se encargan de provocar los recreos estratégicos. El show giró en torno de esa esquizofrenia musical, propiciada por más de veinte años de existencia y once discos conjurados como reproducciones pop/rock de estados de ánimo extremos. Para el Indio Solari, éste es el tiempo de contar la marcha agónica de “la murga de los renegados” en plena debacle social. La catarsis de 40 mil personas parece reforzar esa idea. Una catarsis pasional y pacífica, en la que, sin embargo, siempre parece colarse, como emergente de un fatalismo imposible de gobernar, la desgracia: Jorge Felipi, ricotero, 31 años, antes de empezar el recital cayó de una baranda en que estaba sentado, y murió una hora y media más tarde (ver aparte).

En vivo, Momo Sampler recarga la densidad del estudio y la guitarra de Skay Beilinson alcanza niveles de dramatismo trágico, incluso ligándolo a ciertos compositores de cine italianos en melodías de guitarra como la de “Pool, averna y papusa” (título muy Solari, mezcla de alta cultura y jerga callejera fuera de época). El Indio, en tanto (que le agradeció a su médico por haberlo curado de una alergia que casi le impide actuar), multiplica los matices vocales para las nuevas versiones de los viejos clásicos (“Preso en mi ciudad”, “Rock para los dientes”, “Unos pocos peligros sensatos”) y los temas de la sombría tríada Luzbelito, Ultimo bondi a Finisterre (el menor de los tres) y Momo Sampler. Y aunque hay cierta sobrecarga de tensión apocalíptica en su voz y en el refuerzo visual del show –las pantallas reproducen dibujos animados repetitivamente “siniestros”–, se trata de la unificación conceptual que (casi) siempre caracterizó a su obra.
Los personajes de Momo Sampler son, quizás, los menos entrañables que haya parido la pluma de Solari jamás. El “Sheriff” al que se le pide que “meta bala”, el advenedizo de “Rato Molhado”, el asceta converso de “Pensando como una acelga”. A diferencia de otros discos oscuros del grupo, Momo… perdió una importante carga de ternura, apenas dosificada en “Una piba con la remera de Greenpeace” y “La murga de la virgencita”, dos que se inscriben en la tradición Solari de grandes-canciones-agridulces.sobre-chicas-que-sufren. Sintonizando con el concepto apocalíptico construido por él, el líder de los Redondos parece contemplar el desastre en un gélido refugio nuclear, desde el que se puede ver todo el paisaje pero a donde no llega el calor de las bombas. Su poder de observación le permite captar el dolor, aunque desde una distancia cada vez más fría.
Las secuencias electrónicas, las voces procesadas y los solos de saxo juegan su papel, varios pasos detrás de la robusta base de batería doble y la guitarra omnipresente de Skay. Aún al límite del barroquismo instrumental, Patricio Rey conserva la prolijidad, la potencia y crece en su dimensión de banda de estadios. ¿Y el público? El público disfruta de su rol protagónico, explota con los viejos rocanroles e intenta familiarizarse con Momo Sampler. Ilumina la noche con cien bengalas en la épica “Juguetes perdidos” (que comienza casi como una balada soft metal hasta que entra en juego el repique de la batería), baila en círculos en “Jijiji”, agita las remeras durante el estribillo de “Vamos las bandas”,rockea en “Mi perro dinamita” y exhibe la ansiedad por reforzar el lazo indestructible que lo ata a las estrellas que se mueven sobre el escenario. Los músicos, a su vez, interactúan instrumentando algunos cantitos y hablando sólo lo necesario. Ese parece ser el único intercambio explícito de la simbiosis. La brecha que separa a los cincuentones del escenario de los pibes en cueros de la hinchada se hace cada vez más grande. El único punto de contacto, después de todo, lo más poderoso del asunto, siguen siendo las canciones. No es poco.

CUATRO MUERTOS EN DIEZ AÑOS
La lista trágica

Los Redondos arrastran una larga historia de incidentes, violencia policial y enfrentamientos entre fans. Cuatro de ellos murieron en distintas circunstancias desde 1991, cuando se produjo el emblemático caso Bulacio.
1991: Walter Bulacio, de 17 años, murió días después de haber ido con unos amigos al Estadio Obras, para ver a su banda favorita. No pudo entrar: se lo llevó detenido una redada policial, fue golpeado en la comisaría 35, se descompuso, lo trasladaron al hospital Pirovano y de allí al Sanatorio Mitre, donde murió tras permanecer cinco días en estado de coma.
1998: Javier Lencina, un joven de 22 años, cayó de un tren en marcha cuando abandonaba la ciudad de Villa María, Córdoba, luego de un accidentado recital de los Redondos. Apareció muerto al día siguiente, y nunca se pudo determinar si fue empujado o si se cayó solo.
2000: Jorge Pelé Ríos, de 27 años, murió en el hospital Pirovano luego de nueve días de internación, a causa de las graves heridas de arma blanca que recibió durante el primer recital realizado por los Redondos en la cancha de River. Ríos había participado de los incidentes que se produjeron dentro del campo de juego. Según testigos, había iniciado una pelea armado con una trincheta, dentro de una guerra entre barrabravas de Morón, Brown y Laferrère.
2001: Jorge Felipi, ricotero de 31 años, santafesino, se convirtió en la cuarta víctima fatal relacionada con los Redondos. Falleció antes de comenzar el show, al caer desde una tribuna alta del estadio Olímpico de Córdoba.


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