“La Marca de Caín» es el tercer disco solista de Skay Beilinson junto a los Seguidores de la Diosa Kali, una banda cuya química se traduce en shows arrolladores donde el fervor de otra época sigue presente. Debajo del escenario, en su casa de Palermo y cerveza negra mediante, el guitarrista se relaja para hablar sobre su nuevo trabajo y, de paso, abordar un camino ricotero que incluye cómo se conoció con Poli, cuándo vuelven Los Redondos (si vuelven) y cómo vivió aquellos shows multitudinarios.
FUENTE: Revista Soy Rock (Agosto de 2007) Por Pablo Mileo (Tipeado por Gabriel Bugeiro)

A dos años de que se cumplan cuatro décadas desde que Eduardo Skay Beilinson y Carmen Poli Castro cruzaron sus vidas, hoy parecería mentira que el suyo no haya sido lo que se conoce como “un amor a primera vista”. El flechazo no fue instantáneo por culpa de una razón tan antigua como la misma civilización: la diferencia de clases sociales. El 5 de noviembre de 1969, Skay y Poli se conocieron en un show de Diplodocum y La Cofradía de la Flor Solar. Poli recuerda que, de movida, miraba de reojo a su alma gemela. ¿Cómo se iba a vincular ella, una artesana bien callejera, con un muchachito de ojos azules proveniente de una familia acomodada? Algo así como la Dama y el Vagabundo, pero al revés. “Al principio no nos queríamos”, confiesa desde un sillón una Poli risueña y maliciosa. A su lado, Skay corrige: “Vos no me querías”. El pelilargo Eduardo tenía 17 años y había decidido abandonar el secundario en plena clase de Lógica, porque la única lógica posible, para un pibe que había vuelto de Europa con una viola Gretsch, un Marshall y un wa-wah en sus manos, era entregarse de lleno a la música. Con ganas de vincularse con gente “que anduviera en la misma”, se acercó a La Cofradía, donde también estaba Poli. La Negra promete buscar, “para la próxima”, una foto de un diario de la época, en la que se los ve caminando juntos. La nota trataba de dar cuenta de un nuevo fenómeno mundial: los hippies. Si el sistema de millaje aéreo de las tarjetas de crédito se calculara en pasos, Skay y Poli se harían acreedores de un par de pasajes, ida y vuelta, a Saturno. La pregunta se impone. ¿Cómo hicieron para mantenerse ambos en la misma vereda? “Hemos vivido tantas historias con Poli, tantas historias riquísimas y fascinantes, que nos damos cuenta de que la otra persona es mucho más que una compañía: es parte de tu propia vida. Ahora somos grandes, pero todavía seguimos generando cosas con la misma pasión y con la misma inocencia de cuando éramos chicos”. Nada como ir juntos a la par.
El mismo concepto de totalidad –esto de que el otro es el que termina de completarnos como seres- también le sirve a Skay para resumir la historia bíblica de Caín y Abel, la misma que conceptualiza La Marca de Caín, su tercer disco solista después de A través del mar de los Sargazos (2002) y Talismán (2004). La frase “¿Acaso soy el guardián de mi hermano?” que aparece en el librito es interpretada por el guitarrista como “una reconciliación final entre esos dos hermanos”. Es decir, el uno existe a partir del otro. “Abel representa la parte más elevada del ser humano, la que puede conectarse con lo sagrado y con lo divino. Caín viene a representar la parte humana a la que le toca lidiar con el mundo. Cuando Caín mata a Abel, Dios lo condena a vagar errante por el mundo y, para que nadie le haga daño, le hace una marca. Caín se instala fuera de la presencia de Dios y se va al Este del paraíso para fundar la primera ciudad. Ahí surge la civilización.” Se sospecha que Caín mató a Abel por celos cuando Dios aceptó de buen gusto la ofrenda del pastor-futura-víctima (un cordero), pero rechazó los frutos de la cosecha del agricultor-futuro-victimario. Otra hipótesis, más conspirativa, argumenta que Caín sacrificó a Abel, cual corderito, en otro acto de amor hacia el Señor. Ahí, el vagar errante dejaría de ser un castigo para pasar a ser un premio: Dios le regala a Caín la inmortalidad. ¿Caín está vivo, entonces? ¿Como Elvis? ¿Como Yabrán? Lucubraciones al margen, Skay se aprovecha de la leyenda para desentrañar lo misterioso de su oficio.
-Hay otra leyenda que cuenta que, una vuelta, vos y Poli se lo cruzaron a Ricardo Dorio, cuando tenía 16 años, y ustedes le avisaron que tenía la marca de Caín. ¿Mito o realidad?
-Es probable que se lo hayamos dicho, porque todas estas cosas surgen de conversas que tenemos con Poli. Ella siempre dice que existen esos personajes en la vida, los perdidos, los locos, los desesperados, los dolidos, que parece que llevaran una marca. Curiosamente, de la descendencia de Caín viene un tal Jubal, que es el padre de todos los músicos, por eso creo que los músicos tenemos esa marca que nos reconoce. Al encontrarnos, hay como una especia de reconocimiento de que pertenecemos a la misma rama familiar. Yo, por supuesto, tengo una gran admiración y cariño por todos los músicos, porque creo que la música te acerca a otras dimensiones, por el hecho de estar tratando con esa materia tan sutil y tan inasible.
-¿Cómo fue la cocina de La marca…?
– El disco tuvo toda una parte que yo llamo preproducción pero es más una experimentación, porque los temas ya fueron deseados, sólo que es el momento de empezar a volcarlos sobre la cinta. En los demos, todavía la estructura no es definitiva, hay aproximaciones. En la preproducción ya empiezo a definir cosas concretas sobre sonido, el tempo que quiero que tengan, la orquestación… Toda esa parte la hicimos acá en la sala de ensayo, trajimos un ProTools y trabajamos con Joaquín Rosson, un joven músico con el que nos entendimos muy bien.
– ¿Cuánto duró ese proceso?
– No fue de un tirón, sino por etapas: me metía un par de semanas, salíamos a tocar, volvía una semana y así. Una vez que los temas estuvieron armados, fuimos a un estudio que se llama Aladino y grabamos las baterías, los bajos y algunas otras cosas que estaban pendientes.
– ¿Tenías algún objetivo sonoro en particular?
– Yo compongo con la guitarra eléctrica sin enchufar, entonces el sonido recién lo empiezo a descubrir cuando la enchufo. Cada tema refleja un mundo emocional, un sentimiento, y a veces es buscar una textura, si son guitarras podridas o limpias, o si hay que cambiar de guitarra para tener otro timbre. El tiempo de experimentación tiene que ver un poco con eso. Después llega un momento en que entrás a ver que eso resuena con ese mundo emocional que querías expresar.
– ¿De quién habla el primero, “Ángeles caídos”?
– (Sonríe.) Empecemos con la primera aclaración: yo tengo poca información con respecto a todo lo que pasa dentro del mundo del rock y me enteré de que hay un disco de Attaque 77 que se llama igual. De todas maneras, me reconforta saber que hay ciertas imágenes que nos significan algo a más de una persona. Está dedicado a un chico que, obligado por las circunstancias de la miseria, tiene que salir a cartonear y entra en los barrios custodiados. Está protegido por su remera del Che y el rosarito blanco que un amor le regaló.
– Tenés cierta predilección por retratar personajes, pero los abordás desde un lugar más bien oscuro…
– Siempre reflejan la ambivalencia del espíritu humano. En todos nosotros conviven un Caín y un Abel, una parte luminosa y una parte oscura. El chico éste del rosarito, aun así, dice que tiene un ángel que vela por él, y además tiene un amor que le regaló algo para que lo proteja.
– ¿Cómo se te ocurrió hacerle una “Canción de cuna” a un niño robot?
– Una vuelta había leído un poema anónimo que hablaba sobre un niño robot y me gustó la idea. El blues me pareció que era el estilo de canción que el niño robot necesitaba para apaciguarse en este mundo.
-“Arcano XIV” tiene una melodía árabe muy hipnótica, ¿de dónde surge tu gusto por lo oriental?
– Siempre tuve cierta fascinación por la música de Oriente. No sé cómo se describe musicalmente esa escala, pero los intervalos entre nota y nota son diferentes, tienen otra cadencia, un atractivo muy especial. Mi viejo nació en Baku, en la zona de Azerbaijan, por el Mar Caspio, y supongo que algunos genes deben andar dando vueltas por ahí.
– ¿Cómo ves tu propia evolución como cantante?
– Me doy cuenta de que estoy cantando mejor, porque estoy empezando a encontrar el lugar. Los primeros discos fueron un poco tratar de descubrir ese lugar e empastar la voz para ver cual era el personaje que iba a cantar. Hoy en día estoy más liberado. Es cuestión de seguridad. Y en vivo me siento muy acompañado por la banda y puedo interpretar mejor.
– En el último Roxy que hiciste se te rompió la guitarra, te la sacaste y quedaste cantando nomás, parecías desnudo…
– ¡Si! Me subí a la batería, agarré un palillo y lo acompañé al Topo (Espíndola, baterista). Era el último tema, no había tiempo de cambiar la guitarra.
-¡Te la hubieras dejado puesta!
-¿Para hacer qué? Si no sonaba (risas).
-Ya que mencionaste al Topo, ¿fue fundamental su ingreso, no?
-Más allá de la calidad musical, porque yo creo que el Negro (Daniel Columbres) es uno de los mejores bateristas de la Argentina, hay algo que tiene que ver con la química. Un grupo es eso: la dinámica que se genera entre todos. El Topo es un chico de La Plata que tocó muchos años con Claudio (Quartero, bajista). Entre ellos hay mucha afinidad, tienen códigos muy propios. Se entienden muy bien y se acompañan muy bien. En ese sentido, la base rítmica ganó.
– Lo que sorprende en vivo es cómo pueden sonar potentes sin despeinarse, sin que eso demande necesariamente una demostración de gasto de energía…
– Es que la música te tiene que pasar por dentro. Eso es lo que te lleva. Hay algunos personajes que necesitan hacer una demostración de otra cosa, pero lo que está pivoteando es la música. También pasa que hay diferentes tipos de músicos: los que tocan solos, y los que saben escuchar. En esta banda son todos muy buenos músicos, pero sobre todo saben escuchar; son de los que tocan, pero junto a los otros. Eso no se propone, es una actitud hacia la música.
-¿Te sorprende cómo el público terminó por adoptar tus temas casi al nivel de los de los Redondos, o sabías que tarde o temprano eso iba a suceder? Hoy los shows son mucho más parejos en el fervor…
– De alguna manera sabía que eso iba a pasar, porque son buenos temas y también sé que somos una muy buena banda. Fue un proceso que tuvieron que hacer los mismos chicos para darse cuenta que aquí había algo interesante. Podría haber pasado que no les gustaran, pero si les gustaba lo que yo venía haciendo con los Redondos… sigo siendo la misma persona, tengo los mismos vicios como músico, Cuando digo vicios me refiero a una forma de interpretar la música. Si han disfrutado de aquello, entrarán a descubrir que de esta música hay mucho jugo para sacar.
– ¿Cómo elegís de qué temas de los Redondos vas a hacer una nueva versión?
– Me dan ganas de buscarles una pequeña vuelta, porque toleran diferentes versiones; me gusta jugar con esa posibilidad.
– ¿Cómo fue tu primer contacto con la música?
– En mi casa se escuchaba bastante música, pero clásica, jazz, bossa nova… Cuando era muy chico me tocó descubrir un sonido muy novedoso: los Vétales. Ahí hice mi primer clic. En estas guitarras encontré un sonido que me cautivó y que me sigue cautivando hasta el día de hoy. Ese pulso medio salvaje que tiene el rock. Después me puse a estudiar guitarra, pero primero me enseñaron algunas zambas, cosa que me resultaba aburridísima. Con el tiempo empecé a encontrar la riqueza del folklore, pero en aquel momento no me gustaba. Un buen día aprendí los acordes con los que podía tocar “Twist y gritos”. A partir de ahí, no hubo retorno.
– ¿De dónde sale tu estilo para tocar?
– Yo me considero un guitarrista limitado, y dentro de esos límites fui encontrando la manera de expresarme con mayor comodidad. Igual, todos los días hago un pequeño esfuerzo para poder mejorar un poco más.
– ¿Había algo que te costaba en particular del instrumento?
– Antiguamente yo no podía estirar las cuerdas, no sabía. Cuando me encontré con que la Gibson SG tenía una palanca, resultó que podía hacer lo que no lograba con las cuerdas. Después si, aprendí a estirar.
– ¿Pasaste por algún período de estudio?
– Nunca pude estudiar. Una vez intenté, pero habré durado dos o tres semanas. Me querían enseñar lo que yo ya sabía y para mí era una pérdida de tiempo, tanto para estar con el instrumento como para componer la música que yo tenía ganas de hacer.
– ¿Qué guitarras tenés?
– Tengo la SG, con la que siempre toco en vivo, la (Gibson) Les Paul, una chiquita De Castro que me acompaña en todos los viajes. Con esa surgieron muchísimas canciones, porque es la que tengo a mano. Después tengo una Fender Stratocaster, una Fender Jaguar, otra de De Castro, una Ibanez y dos guitarras acústicas: una Martin y una Del Vecchio de doce cuerdas.
– ¿Por qué preferís la SG para tocar en vivo en lugar de la Les Paul?
– La Les Paul es una gran guitarra, pero es muy pesada. La SG me resulta muy cómoda: el peso justo, la palanca, la sonoridad; no me desafina.
– No parecés un tipo de ésos que se enferman con los instrumentos.
– No. Guitarra que no toco, guitarra que me parece un desperdicio que esté ahí. Más allá de la SG, que es la que uso en vivo, la mayoría las uso para grabar, para lograr diferentes timbres.
– ¿Cómo describirías a Oscar Reyna, tu socio como guitarrista?
– Te diría que casi entra en la categoría de virtuoso. Es muy versátil, es muy preciso y además tiene un gran sonido. Por otro lado tiene eso que te decía antes: es un músico que sabe escuchar y sabe ubicarse en el lugar que la canción necesita.
– ¿Es más pirotécnico que vos? Por lo menos eso parece en los solos…
– No, no. Depende. Yo diría que su viaje es más introspectivo. En los solos, por ahí sí. Lo que pasa es que, en las canciones de rock, en el momento del solo tenés que desarrollar en poco tiempo un mensaje sólido, contundente y preciso. No hay mucho tiempo para desarrollar una idea. Reyna es muy efectivo.
– De los guitarristas clásicos ya hablaste varias oportunidades, ¿cuáles de ahora te parecen que tienen un estilo propio?
– Desgraciadamente, no escucho tanto como para poder nombrártelos. Sí me gustan algunos a nivel de funcionamiento como grupo. Qué sé yo… Franz Ferdinand, por ejemplo. No podría decirte que me gusta su estilo como guitarrista, sino quie me gusta el sonido que logran como banda. El de los Strokes (Albert Hammond Jr.) también es interesante, pero no como guitarrista en sí, como pueden ser Jimmy Page o Jimi Hendrix.
– Cada vez que te referís a un posible regreso de Los Redondos decís que debería ser con un disco, no “juntarse a tocar y nada más”. Sin embargo, se te nota muy libre en esta etapa como para volver a formar una sociedad. ¿Podrías volver a tener una relación compositiva como la que tenías con el Indio?
– Poder, podría. El asunto es que se tienen que dar las coordenadas y, por lo que veo, en este momento es imposible. Por un lado, yo no lo deseo. Evidentemente, el Indio tampoco. Es probable que se dé, porque son muchos años de hacer cosas juntos, hay una gran afinidad musical y de otros conceptos también. Posiblemente haya cumplido su ciclo necesario. O tal vez en algún momento ocurra. Yo no lo veo cercano. No lo veo.
– Apenas surgió la noticia sobre la separación, todos trataron de buscar algún motivo personal, pero viendo los discos de cada uno hay un evidente divorcio artístico. ¿Vos le sentís así?
– Sí. Es evidente. Todo es parte de un proceso. Cuando algo se detiene o llega a un punto muerto, creo que es mejor abandonarlo y dejar que las cosas se vayan desarrollando por el canal que precisan. Eso no significa que en algún momento las coordenadas no vuelvan a cruzarse y volvamos a componer juntos.
– Cuando te referiste a la vuelta de Soda Stereo, los defendiste preguntándote qué tiene de malo que los músicos argentinos puedan ganar dinero. Sin embargo, lo que se estuvo poniendo en cuestión es el grado de autenticidad que tiene el hecho artístico…
– Lo que me pasa con eso es que la nostalgia por la nostalgia no me conmueve, sobre todo desde el lugar de artista. Como consumidos, por ahí me gusta escuchar discos de los Vétales, pero no es nostalgia, porque esa música sigue estando viva. Como artista, me parece una apuesta menor recurrir a la nostalgia, porque parece que no tuvieras nada nuevo que ofrecer. Soda ha sido una gran banda, ha generado buenas canciones, buenos discos, y lo que uno esperaría, como buena noticia, es que estuvieran generando música nueva. Pero cada uno sabe las razones que tiene para hacer lo que hace. El rock es un rito chamánico que debe producir algún tipo de transformación. Si eso no pasa, para mí es como que le falta algo.
– ¿Cuál es tu meta principal como artista?
– Mi ambición es ésa: que cada show se transforme en un rito capaz de exorcizar el dolor, de exorcizar el miedo, de volver a mirar la vida con nuevos ojos. Que el día de mañana sea diferente del de hoy. Eso espero.
– La forma que tenés de llevar adelante esta etapa de tu carrera parece mucho más serena que cuando estabas en los Redondos. En esa época, ¿había ganas de llevarse todo por delante, de ganar el mundo?
– Para nada. Nosotros teníamos una idea fuerte: ser un grupo unido, más allá de lo musical. La música era un pretexto para crecer juntos; era nuestra forma de mantener intacto nuestro estado de ánimo. Eso es lo que sigo haciendo y supongo que el Indio estará en un proceso similar, aunque lo desconozco. Con respecto a la idea de ganar el mundo y todo eso, yo en realidad lo veo desde otro lugar. Los espacios grandes, los estadios y todo eso, producen un efecto que es algo así como dispersión de la energía. Lo contrario pasa en lugares más pequeños, en los que la energía se concentra. Es más posible que ese hecho mágico, transformador, suceda en un lugar chico… Es más sencillo propiciarlo.
– ¿Cuáles ventajas les reconocés a los lugares grandes?
– En realidad, pocas. Sobre todo en la situación en la que estábamos nosotros. Siempre había rondando algún peligro grande. Eso hacía que, en el momento en el que tenías que estar concentrado en el acto más sublime, ejercer el acto chamánico, te preocuparas por si había algún desmán, corridas, enfrentamientos con la policía… Para mis expectativas, todo ese tipo de cosas conspiran, en lugar de ayudar.
– ¿Cómo vivías la previa de un show?
– Poli nos cuidaba mucho en ese sentido. Nunca nos contaba lo que estaba pasando afuera. Estábamos concentrados en el camarín. Pero al rato empezabas a sentir que había una vibreta medio extraña. La gente se trepaba arriba de las consolas, de los bafles, y veías que había peligro. Ahora lo vivo con más tranquilidad.
– Nunca quedó bien claro cuánto tuvieron que ver los Redondos con la edición del vivo En Directo (1992)…
– En realidad, nunca quisimos sacar un disco en vivo. Pero ocurrió una cosa: nos dijeron que alguien estaba por sacar un disco pirata con esa cinta. Y dijimos: “Bueno, antes de que lo saque otro, lo sacamos nosotros”. Fue de un recital que hicimos en Uruguay, y además metimos un par de temas de otros shows.
– ¿Qué cosas de Los Redondos mantenés en esta etapa de tu historia?
– Seguimos siendo una producción independiente, porque creo que eso te da la ventaja de poder ejercer la libertad. Yo respeto y valoro mucho la libertad de un artista porque, cuando estás sujeto a los caprichos del mercado, a las corporaciones y a ese tipo de cosas, tarde o temprano te empantanás en una vorágine de situaciones que no son fundamentales. Al menos para mi viaje.-
“TUVIMOS MUCHOS NOMBRES EN POCO TIEMPO: BIPOLARES, TRAPEZOIDES, TROGLODITAS… SOMOS UNA BANDA MUTANTE. EN ESTE MUNDO BIPOLAR NOS HEMOS IDO TRANSFORMANDO HASTA LLEGAR A ESTE MOMENTO EN EL QUE SOMOS SKAY Y LOS ADORADORES DE LA DIOSA KALI.”
COVERS DE RICOTA
Los covers de Los Redondos se cuentan por decenas. Hermética abrió el juego en Intérpretes (1990) con una rabiosa versión de “Vencedores vencidos”. Después cayeron uno tras otro. El grupo español Mala Fama también se le anima al clásico de Un baión para el ojo idiota; Attaque 77 recrea el estribillo de “La Bestia Pop” en Otras canciones (1998); Víctimas De Víctimas, metaleros del under, se meten con el inédito “Pura Suerte”; Negusa Negast y Camba Reggae recrean “Motorpsico” y “Ya nadie va a escuchar tu remera” en clave Marley; Arbolito folklorea en vivo “El pibe de los astilleros” y estalla; Ligeia Circus demuestra que “La bestia pop” resiste la electrónica; “Yo caníbal” reencarna en forma urbana por obra de Padre; “Vencedores Vencidos” respira tango con El Burdel; Los Calzones Rotos, Juan Carlos Baglietto y Árbol bailan el pogo más grande del mundo, cada uno a su manera. El mismísimo Skay le bajó el pulgar, en persona, a la coral “Ji-Ji-Ji” de los chicos de Haedo. “Se los dije, pero no con ánimo de ofender. Es más, me parecía que se lo habían tomado con respeto, pero a mí es un género que no me gusta. Hay otra gente que ha hecho versiones de Los Redondos que son buenísimas, como El Club de Tobi (“Masacre en el Puticlub”, “Vencedores Vencidos” y “La Bestia pop”) o Los Palmeras (“La bestia pop”)”. Y hay más. Radio Universidad de La Plata tiene en gateras De regreso a Octubre, un tributo por bandas de esa ciudad al disco redondo más emblemático, y la revista Arde Rock & Roll promete un homenaje loquísimo a cargo de, por ejemplo, Los Cocineros (“Blues de la artillería”), Los Caligaris (“Aquella solitaria vaca cubana”), Acetol Delmonte (“Toxi-Taxi”), Lucila Cueva (“Todo un palo”, mezclado por Ezequiel Araujo), Tifosis Del Rey (“El pibe de los astilleros”) y siguen las firmas. ¡Vamos las bandas!
“NO HAGO VIDEOS PORQUE YO NO ME DEDICO A ESO. LA PERSONA MÁS CERCANA QUE PODRÍA HACERLO, QUE ES ROCAMBOLE, ESTÁ CON MUCHO TRABAJO. SIEMPRE HABLAMOS DE HACER ALGO, PERO EVIDENTEMENTE LOS TIEMPOS NO LEGAN Y EL VIDEO NO APARECE.”
LA MARCA DE SKAY
Un Tío Sam rocambolesco señala con dedo inquisidor a quien lleve La marca de Caín. Guitarra en mano, parece reconocer a Skay y, si esto fuese un cómic, en el siguiente cuadro le haría entrega de ese guitarra criolla para que demostrara que lleva la llaga que no cicatriza. Y Skay, encantado. Porque en su tercer trabajo se vislumbra una superación desde el punto de vista del sonido. Todo suena con más aire, y cada canción es parece haber sido concebida como un disco en sí misma. Si no estuviese en segundo lugar, la “Canción de cuna” robótica y blusera, el arranque sería demasiado demoledor para soportarlo. “Ángeles caídos” es tan esquizofrénico como la personalidad de su banda, de estrofas arpegiadas y estribillo asesino. “Los caminos del viento” es ricotera por donde se la mire, pero sobre todo por la metáfora que refleja el estado actual de un eventual regreso: “Ese mismo viento que puede apagar un fuego, puede reanimar la llama que agoniza”. “Soldadito de plomo” tiene uno de esos pasajes instrumentales aplastantes marca registrada, y “Arcano XIV” sería la banda de sonido ideal si a algún director de cine se le ocurriera filmar las aventuras de Best Seller, el entrañable mercenario sirio del enorme Roberto Fontanarrosa. El solo de “Tal vez mañana” es tan bueno como un “viaje a Katmandú” y “Meroe y los sortilegios” le quedaría muy bien a Gustavo Cerati. Sí, ¿y qué?
